Hoy me voy a un cementerio.

Ahora que el mundo se ha vuelto loco.

Ahora que lo que importa es vivir rápido, comer rápido, digerir información rápido.

Ahora que una de las fiestas más solemnes que habían, ya lleva tiempo convertida en un festival de ultratumba.

Ahora que no queremos agobiarnos, ahora que queremos divertirnos. Ahora que queremos ser trending topic, tener el selfie o el video con más visualizaciones, me gustas o lo que sea. Ahora que queremos conseguir la cima sin esfuerzo alguno…

Ahora que me ha venido a la cabeza un libro, la leyenda del Monte de las Ánimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. No busquéis mensajes ocultos, no los hay. Simplemente he pensado en él, supongo que por el día que es. Y en esos días en que uno leía un libro sin más, mientras divisaba el mar de fondo y en profundo silencio, solamente oyendo el murmullo de las olas.

Los días que iba con mis padres al cementerio y que me vestían con los zapatitos de charol que tan incómodos me resultaban. Esos rituales que han quedado obsoletos.

Ahora que prefiero ir con bambas y tejanos todo el día y que no cambio hasta que se disuelven y se perforan. Ahora que hace años que no voy, ahora retumba en mi mente.

Hoy me voy a un cementerio.

A disfrutar de su silencio solemne por los pasillos, de sus cipreses como muros divisorios, de los pájaros como única compañía.

Y de repente trasladarse a otro tiempo en que todo iba más lento, y yo que soy Aries e impaciente empiezo a echarlo de menos. Y me pregunto qué pasó por medio en estos años…

Y, ¿hacia dónde vamos?…

Cuando estás subido en un coche que va a tanta velocidad que ni siquiera puedes disfrutar del paisaje. Que no nos comprometemos a ningún plan con plazo de más de una semana,… No vaya a ser que surja un plan mejor por el camino. Que en tu móvil no paran de llegarte whatsapp, mails de todas las cuentas. Que entras en el Facebook, twitter, instagram y tienes un bombardeo constante con la última anécdota del día.

Hoy me voy a un cementerio. Porque creo que no hay lugar mejor para encontrar silencio y quedarse con lo esencial. Que como decía el autor del principito, acaba siendo invisible a los ojos.

Serenidad, calma, sosiego. Sentir fortuna de lo que uno tiene en vez de quedarse en la eterna queja.  Aterrizar y poner los pies en la tierra. Acallar el eterno ruido en la cabeza.

Conectar con algo más que tú mismo y poder verte en el conjunto de ese puzle que llamamos humanidad.

Hoy me voy a un cementerio.

Porque no encuentro mejor espacio que un lugar donde se para el tiempo.

Y en esta vorágine de sociedad creo que hace falta más de eso, momentos para aislarte por un instante y poder recuperar la serenidad que sólo tú puedes darte.

Hoy me voy a un cementerio.

Ana Calderón

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